domingo, enero 29, 2006

Córtame el corazón con una tijera para zurdos

De las cosas más absurdas que me han tocado constatar es el encanto con que sueles caminar hacia la dirección equivocada. Me gustaría borrarte ese par de tobillos y poner ahí una silla de playa reclinada casi al nivel del horizonte; quizás así deje de encontrar absurda esa encantadora manera de contonearte cuando te aproximas al error.

Yo me pregunto, de vez en cuando, cuando la noche no quiere dejarme jugar bajo las sábanas, dónde queda el recuerdo de los primeros encuentros: tocamos sin hacer preguntas o intervenir con frases mal o bien hechas, cualquier contacto accidental nos purifica violentamente y todo, hasta lo más fortuito, nos hace volver al punto inicial; no será que este dramatismo ignorantemente autoimpuesto sólo es un montaje de la otra cara de un “te quiero” ¿Cuándo se volvió todo sumamente mortífero a nuestros paladares? Quisiera hallar la respuesta en la resignada forma en que te miro mientras extiendes tu mano al interior de tu cartera buscando el encendedor; ojalá lo encuentres, no vaya ser que me vuelvas a culpar de tus errores.

Cuando dejas de darme la espalda y tu lengua arroja fuego y azufre, tengo miedo de que el roce de mi pantalón contra tus piernas te provoque la muerte. Me da rabia, pena, las dos al mismo tiempo, pero prefiero que me cortes el corazón o me podes el alma antes de que yo muera para ti: no quiero ser un recuerdo. Una de las cosas que me vuelve los pelos de punta es la posibilidad de tener que experimentar mi existencia como algo fútil para la tuya. Yo no puedo sin tu vida vivir, y me arrastro por el mundo tras tus piernas buscando mi corazón que cayo de tanto rozar el filo de tus tetas. A que ya olvidaste donde fue a parar.

Aún así me gusta ver cuando te diriges hacia el desfiladero, es mi pequeña venganza, mi “te lo dije”. Vas ciega, desmenelada de razones y con tu rostro frígido por que sabes que el encanto no te salva de esta. Pero duele y lloramos, porque no sabemos como buscarnos entre roces y texturas diferentes. Por mí que todo se hubiera quedado igual: nada de miradas coquetas, de besos largos y cortos, nada más de desvestirse. Hubiera sido todo más fácil si no pusieras esa mirada cuando fallo, o yo no me excitara cuando te veo a las puertas del suicidio.

Pero nos quedan los encuentros, la promesa autocumplida que nos devuelve la intima desazón de que nada es porque si, de que todo puede volver a ser como antes, pero que es necesario tocar la vergüenza y la humillación para entender el porque lloramos y también nos sonreímos.

jueves, enero 26, 2006

Soy de repente

Soy de repente, porque de no ser así estaría llegando todas las veces que acompaña el silencio a su lado. Por eso soy de repente, intermitente entre el calor de los faroles que arman sus crepúsculos sobre la noche; nunca supe caminar de día, prefiero la noche, mi noche tan suelta de aire, tan viva de estrellas, tanta fortuna entre sus piernas y los cristales que cayeron junto al tibio amanecer de un beso.
Con en el parpadeo de mis constelaciones me estoy estrellando para armar el último verso de sus principios morales y sexuales, me estoy sacudiendo para aniquilar el cigarrillo y así tomarla por las caderas y ser el rayo que invoca la respiración y el silencio que juegan a someterse al ritmo de mis parpados. Ya se lo dije, soy de repente; prefiero encumbrar el viento junto a mis manos y bajar por las calles crispadas por la marea de los autos y los zapatos agolpados de un puñado de idiotas en trajes de charol. Pero entre tantas piruetas olvide que estoy llegando, más cerca del limite que propusieron sus escapes, más cerca del escote encumbrado de sus pliegues, más cerca de la morada inquieta de sus tribulaciones nerviosas.
No piense que pongo la interminable nostalgia en su pecho para darle tarea de alma. No piense que llevo el tiempo entre los dedos para sacudir la memoria cotidiana que escapa a los cánones del pasado histérico que me llevo a ser suyo. Piense mejor que doy saltos como planeador ungido por el abrazo maternal del viento; aquí, en el rincón que juntos pintamos para recorrer el espacio y sus constelaciones.
No olvide que la estoy tomando por las caderas, que tengo el rayo de mi lado para encender esa noche crispada por la marea de los sonidos desmelenados de las bocinas y los pordioseros, no olvide que en un instante desaparezco, que estoy llegando de vez en cuando, que tengo un paracaídas, que soy de repente.