sábado, julio 15, 2006

La última resistencia

La última de las resistencias quedo entrelazada al recuerdo de cientos de espectadores. Todos pensábamos que el desalojo sería cosa de minutos, pero esa afirmación casi paradigmática se desmoronó cuando tomamos conciencia que no era cosa de tomar los muebles, las alhajas y los cuerpos; el escenario casi estoico fue más que el receptáculo de los eventos de anteanoche, ni la sorpresa fue capaz de levantar el resto de historia que se acumulo en esas paredes.

Tendidos quedaron los durmientes, su belleza perdurará en nuestra pupilas y hasta en sueños buscaremos encontrarnos con sus miradas despojadas de toda esperanza. No habrán despedidas, tampoco minutos de silencio, porque fue hace mucho que escogieron abandonar los paseos nocturnos. No hablarán más de ellos las calles, los semáforos y los quioscos, serán como esas sombras que alargadas persiguen al sol para escabullirse antes de que la noche los azote con culpas. Si alguna vez hubo reminiscencia fue de aquellos abrazos en que desnudos se abrigaron en una esquina pintada por la última resistencia.

Resistieron al propio instinto de aniquilar con palabras sus espíritus. Jamás torcieron el rostro cuando la venganza afloró para quedarse como uno más de ellos entre las sabanas. Así jugaron, hasta que el éxtasis los desbordo aquella noche en que nunca más pudieron bendecir las copas. Benditos los arrogantes, que afilaron el deseo al punto de incendiarse en gracia. Benditos los amantes, cuyos nombres no quisimos enunciar por respeto a todos los que nunca supimos admirarnos de su gloría.

Fueron los últimos de su signo, y claudicaron llevando hasta el límite la mano abierta de su suerte, sin velos, sin puñales, con los rostros descubiertos en señal de aparente despedida. Pues si algo hubieron de dejarnos, fue que el tiempo se hace cargo de hablarnos sin reproches.

viernes, julio 14, 2006

Pasos

De costado sigo dibujando el perfil de un sueño que resguardé del asombro de mis propias posibilidades. Lo he perdido todo y todo lo he ganado, pero el sabor tendido en mi camino resulta de una belleza incontenible; a ratos siento que no existen palabras que converjan para dar sentido a lo visto y sentido durante las estaciones abandonadas con la partida.

He llorado junto a los trenes la despedida y la derrota de quien amó la verdad por sobre todas las cosas, sin conmiseraciones, reproches o artificios. El límite es el último gran refugio, pero la mirada no ha de quedar clavada en el desfiladero para retorcerse. La mirada retorna y los territorios parecen ensancharse con la marcha dirigida al hogar. He tocado el límite con el sabor doloroso que es dejar de estar, saber que se abandona la proximidad del otro y que aquel reencuentro sólo cabe como un accidente. Importa, y por mucho que se intente desdoblar la historia en un acto mágico de desaparición, algo queda tatuado en aquel rincón de intimidad piadosa.

Pero ante todo, la voluntad de quien ha cruzado el purgatorio, es señalar la propia vida enmarañada de humanidad. Y aunque se pretendió desnombrar todo error y padecer, más que nunca se vuelven a despertar los sentidos en un acto casi frenético por aferrarse a la propia dignidad. El sentido de las calles ha cambiado, los viejos amigos siguen haciendo rimas y yo comienzo a guardar el paracaídas con el que cruce la muerte. Ahora camino a pasos pequeños, no hay prisas ni tiempos que cumplir, sólo una historia que contar.