domingo, marzo 19, 2006

El valor de los momentos

Tarde o temprano en nuestra historia nos vemos enfrentados a la posibilidad de vivenciar instantes que marcan el curso de nuestra existencia y fundan un espacio irrenunciable en nuestra memoria. Así lo son una serie de sucesos como el nacimiento de un hijo, la salida del colegio, la muerte de un ser querido, el matrimonio, etc. Sin duda, hechos irrepetibles y por lo mismo cargados de significación. En la lógica de que existen tales eventos y que a la vez están dotados de significación personal o colectiva, vale la pena preguntarse por su naturaleza, en el sentido que una aproximación a la compresión de estos no se reduce al desglose de un fenómeno social, a su arqueología y sus efectos en las personas. La mirada con la que acojo esta pregunta intenta develar lo que hay de nosotros en ellos, sin importar si su sentido esta dado por condiciones socio-históricas, por asociaciones accidentales o por una vivencia personal. Lo fundamental remite entonces a posar el valor de lo humano en todos aquellos sucesos, a preguntarse por su trascendencia y se esta se queda atada al valor de lo consensuado o da un paso más allá.

Intuitivamente he pensado dos formas de aproximarme a este fenómeno de los “momentos irrepetibles”. Dos formas entendidas por asociación, es decir, desde una lógica complementaria, no en una cadena de superación, sino en la adición de sus “propiedades”. Una primera de manera de pensar estos eventos seria del orden de lo fáctico. La significación de los hechos estaría dada por el conjunto de características a las que se le atribuye dicha significación. Los atributos significativos se cristalizan en un evento a lo largo de la historia y en la repetición en función del rito. Tres componentes se unen: rito-repetición-historia y fundan un espacio que denota sentido. El sentido esta dado por nosotros a través de los tres componentes, pero pareciera que se sostiene a si mismo cuando este se cristaliza y, porque no decirlo, se vuelve convencional; nos guste o no portamos un carga de registros y símbolos que se expresan aún en los aspectos más cotidianos.

Sin duda, la existencia de ritos y que estos estén cargados de significación compartida, no refiere directamente a una suerte de mecanicismo, siempre y cuando se cumpla una segunda condición o mirada respecto de aquellas vivencias. Se puede decir entonces que una segunda aproximación establece que los eventos no tienen sólo un valor propio, sino que además somos nosotros quienes otorgamos ese valor. Más allá del ritual o de la estructura, lo que realmente importa sería aquello que nosotros depositamos y que eventualmente seria el sentido más propio. Es como si el sentido de las experiencias se activara en el encuentro con la personas y no por si sólo. Su trascendencia radicaría entonces en que cada nuevo encuentro no es una repetición, sino una reinvención del sentido que se da en lo personal y luego se difunde al colectivo.

El espacio y el tiempo que acompañan nuestras vidas bien podrían ser un guión ya conocido, un territorio conquistado, un sueño soñado por muchos, y que por lo mismo ya sabemos donde termina. Una repetición volcada al cliché que se hace de ciertos acontecimientos vitales es distanciarnos de aquello que más nos pertenece. La compulsión a mantener la significación del rito encasillado a su espacio, nos quita la posibilidad de volcarnos desde nuestra propia experiencia vital y sellar ahí nuestro propio lugar con la historia y el instante. Lo que nos devuelve esa certeza de existencia posible se sitúa en que todo lo que nos toca vivir, incluso la “trivialidad”, no acontece como algo que debe acontecer, sino como algo que queremos que acontezca. Que las celebraciones o la pena no nos hable sólo desde el curso natural de las cosas, porque de ser así, nos restamos inmediatamente al encuentro personal con aquellas vivencias. Sentir que a cada paso algo nos habla, aun en las pautas establecidas, es volver a permitirnos la improvisación dentro de los espacios fundados. El sentido anudado a ciertos acontecimientos se desnaturaliza y entonces podemos preguntar por el valor del rito para nuestra propia vida.

Bien podríamos sentenciar nuestra existencia a la repetición de los momentos como un deber propio de la naturaleza humana. Pero lo verdaderamente humano se sitúa en la cierta posibilidad que es traspasar el sentido propio del rito, no para hallar algo mejor o “verdadero”, sino para permitirnos una alianza con aquello que habla desde nosotros mismos.

martes, marzo 14, 2006

Algo que perdí

Hubo un tiempo en que podía sonreír a cualquier persona sin estar pensado en cuanto ganaría con aquel gesto. Pensaba en que los abrazos y las sonrisas eran solo gratuidad, intimidad por algunos segundos, un misterioso encuentro que me acercaba más al otro y no pura formalidad social. Eran días en que salía a la calle y todo me resultaba bello, esa belleza que se encuentra también en el dolor, en la pobreza y en el fracaso. Pensaba que se podían encontrar signos de amor en todas partes, aun en la miseria y en todas las mascaras de lamentos que hay regadas por santiago.

Recorría Santiago buscando vida, y sin duda que la hallaba. Vida que para mi era fuente de sentido para mis propias acciones y desafíos; el mundo no era un lugar que conquistar para luego sacar a relucir la “gran persona que soy”, sino un espacio en donde la libertad se nos da para gustar, sentir y amar. Daba lo mismo cuanto te reconocieran los otros o cuanto dinero ganabas, lo realmente importante estaba en poder situar la mirada por sobre todas esas convenciones marcadas por el poder y encontrar en todo y en todos la intimidad suficientemente necesaria para sentir que la vida se nos ha dado para recorrer y reconocer que nuestra vida tiene sentido cuando se comparten los deseos a través de gestos marcados por autentica humanidad. Sin prejuicios, sin desconfianzas, sintiendo que no se esta caminado sólo por uno, mas allá de los desencuentros, y que en todos hay la misma capacidad de despertar la posibilidad de amar.

De pronto convencerse de que esa posibilidad existe solo queda anclada en las buenas conversas o en la intimidad que da la soledad de sentir esa necesidad. Se nos pide llevar a cabo lo convencional; da lo mismo quien es la otra persona, pues lo importante pareciera ser quien soy yo; da lo mismo si hay paros, alzas de combustible, bombas atómicas, pensiones miserables, da lo mismo si esa realidad no me toca a mí. Nos convencemos que esos contextos no nos pertenecen, porque lo realmente importante es lo que esta más próximo a mi vida, así como todo lo que pueda ayudar a concretar el sentido convencional de nuestra existencia. Todo resulta completamente ajeno, incluso aquello que acontece a nuestro lado. ¿Dónde situamos la mirada? En nosotros y en nosotros se queda el sentido, atrapado entre nuestros miedos y lo que debemos ser.

Entonces ¿Qué nos queda en este cotidiano devenir de desencuentros? Encontrarnos, pero no ahí donde siempre hemos estado mirando, tampoco hacia arriba esperando que pasen cosas. Nos queda tomar la sonrisa más cercana y devolverla cual carnaval es y siempre será cuando queramos. Nos queda la intimidad nacida del silencio más escandaloso, incluso de la memoria atrapada hace más 30 años. Nos va quedando el misterio, el misterio encontrado en los errores y en los reencuentros, en los dolores y en la manera en que sabemos darles sentidos. Pero también en la convencionalidad impuesta o auto impuesta, porque también nos pertenece. No hace falta escapar de lo que hemos gestado nosotros mismos, sino hallar ahí eso que alguna vez perdimos.